alegría, somos todos humanos

8 09 2009

Nunca me gustó la Mistral. Encontraba que esa imagen de señora, de profesora severa y amiga de la varilla, que la letra con sangre entra y ese tipo de ideas, era demasiado dura. Era como la madre Eugenia, que nos abrazaba para felicitarnos, pero en verdad su única finalidad era que oliéramos los rincones más detestables de su humanidad. La que más sufría, recuerdo, era una compañera descendiente de croatas, que hasta sexto básico no superó el metro y veinte centímetros. Quedaba en una posición privilegiada, y también se quejó para la primera comunión cuando, un poco más santas y menos libres, declarábamos nuestro amor a dios comiendo hostias sin sabor y probando por primera vez en vino tinto, aunque de dudosa calidad, cepa y procedencia. Tenía 10 años.

Y no, no me gustaba la Mistral. Me sabía algunos versos típicos, el de los pies azules de frío (suena mucho más crudo cuando dejamos de lado los diminutivos) o el dame la mano y danzaremos, como cantado por una madre castradora y rígida. Así me la imaginé de niña. Y desafiaba a sus seguidores. Hoy por hoy, los más shockeados. Recuerdo que una vez le pregunté a mi mamá si era lesbiana. Ella me miró, abrió los ojos y me dijo que no sabía, pero que creía que sí. El tiempo nos dio la razón, Gracia querida. Resultó que el que la sacó del closet no quiere asumir su hallazgo. “Ustedes saquen sus conclusiones”. Es la forma más rápida para decir: “se me ensucia la boca si digo esa palabra maldita”. No te preocupes, Pedro Pablo, que no hiciste ningún descubrimiento. Sólo le diste a esa tropa de mistralianos, persignándose frente a todos los santos, una hermosa razón para azotarse la cabeza con los muros castos e inmaculados de la poesía de la Mistral. En este país de mojigatos, ¿podrá una lesbiana estampar su rostro en un objeto indispensable como un billete de 5 lucas? La buena noticia es que ya lo hizo. A pesar de que sus seguidores la escondieron más que ella misma, puede descansar tranquila en su tumba porque todo un país se hizo el leso y ahora, los más pechoños, deben preguntarse cómo es posible. Que el premio, que Doris, que sus otra mujeres a las que amó con vehemencia, pasión y celos. Tampoco recuerdan a Neruda. Tampoco recuerdan que tuvo un hija con hidrocefalia que murió en Holanda soñando con que su padre poeta, enamoradizo, ardiente, que construía casas con nombres de mujeres; mujeres a las que dejaba por otras más jóvenes, más putas, más rebeldes, menos cuestionadoras, alguna vez la fuera a ver, la quisiera o le diera al menos un beso. Esa hija se llamaba Malva, y los nerudianos no encuentran nada mejor que culparnos a nosotros, los periodistas, de inventar una infamia en su contra. Como si Malva no hubiera existido, como si los poemas sufrientes del marinero mareado hubiesen sido en serio. La quería, por cierto, pero para llenar hojas y libros con gemidos que, oh, coincidencias, lo llenaron de premios.

Aquí están nuestros nóbeles talentos. Alegría, son humanos.

Yo ya me había entrado a preocupar.